martes, 14 de julio de 2020

Más allá de las cartas: Capítulo 5



Aaron no era un chico con gran vida social. Compañeros muchos, pero de amigos pocos, y todos ellos, por una cosa e otra acababan desapareciendo de su vida. Desde niño, todos le veían como un mono de feria. A causa de su enfermedad, él no podía correr, ni muchas otras cosas como los demás como por ejemplo: las bromas, ver alguna película de suspense o terror… Aaron maldecía esa enfermedad, en el que le había limitado tanto su vida. No solo no tenía vida social, tampoco su vida en general era un camino fácil, su madre y él tuvieron que transcurrir los días, semanas, meses, años de hospital a casa y de casa al hospital. Aunque se pasaban mas en el centro hospitalario que en su hogar, muchas lágrimas derramaron madre e hijo sin más consuelo que ellos mismos.

Con veinticuatro años que tenía, su corazón se había encariñado en más de una ocasión, pero a causa de su timidez y su enfermedad, no lo dejó fluir. No quería, no podía arriesgarse, a que su corazón enfermo, sufriera mas, eso llevaría a que una chica sufriera también, al tener que enterrarle ya que su corazón era tan débil que ¿quién no le aseguraba que en poco tiempo dejaría de latir para siempre? Había otra cuestión que le hacía sufrir aun mas ¿Quién era él para hacer sufrir a la chica que le había robado el corazón? No era justo sobre todo para ella. Por eso ya se había resignado prefería sobrellevarlo en silencio, sufrirlo en soledad. Y para eso dedicaba su tiempo a sus estudios el tiempo de hospitalización no tardaba en ponerse al día, después. Ahora solo le faltaba un año para acabar lo comenzado, tras después de tantos años.

Unos días después de salir de quirófano, volvía a Chicago poniéndose al día en todo lo aprendido en su ausencia. Los médicos le habían asegurado, que la enfermedad había terminado, que ya poco a poco podía realizar una vida normal, como cualquier persona. ¿Normal? ¿Qué era normal? Tenía veinticuatro años ¿no era demasiado tardo para comenzar? Según había escuchado la mejor edad acababa ahora que era la suya, así que no estaba muy convencido, que su vida resultara tan bien como decían. En cambio Aroa estaba de lo más feliz, su presentimiento se había hecho realidad, pocas veces pasaba, se alegraba tanto que esa vez fuera de esa forma. No dejaba de abrazar a Aaron susurrándole que se alegraba muchísimo de seguir con él para siempre. Aaroon entendía la felicidad de su madre, pero no la compartía, no estaba nada convencido que su vida sufriera algún cambio.

Era Noviembre. El timbre de la casa sonó, cuando el reloj daba sus campanadas. Eran las dos. La temperatura exterior era bajo cero, no nevaba pero se encontraba todo blanco y un cielo de ese mismo color. Aroa se levantó abrir la puerta, encontrándose a Yogüi el cartero, un joven; castaño, ojos oscuros, delgado, no muy alto.

  • Hola Yogüi ¿Le ha tocado trabajar con el frío que hace hoy? –le preguntó sorprendida, cerrando la puerta tras él notando un escalofrío.
  • Ya lo ve señora, ¡no hay lluvia ni ventisca que detenga a los carteros! –dijo animadamente –ese es nuestro lema ¡lo odio! –exclamó fregándose las manos tras echarles vapor de su propio aliento -por mi haría una nueva ley <<prohibido trabajar con lluvias, bajas temperaturas y nieve>> -dijo con énfasis. Aaron y Aroa no pudieron menos que sonreír.
  • ¿Le apetece un té o un café? –le invitó Aroa.
  • Me encantaría un café caliente, si no es mucha molestia, ya apetece con el día tan frío que hace –fue la respuesta de ese chico, sin tardar en obedecer al gesto de esa mujer de cogiera asiento, sin dejar de hablar de los inconvenientes de trabajar con ese mal tiempo. Justo cuando Aroa le puso su café saliendo vapor de lo caliente que estaba. Yogüi levantó la vista fijándose en el reloj de enfrente la hora que era – ¡atiza! ¿Ya es tan tarde? –miro su reloj de muñeca para confirmarlo – ¡llevo más de una hora de retraso! No puedo quedarme más rato, gracias por el café y perdóneme por no tomármelo –se levantó deprisa, nervioso, cogiendo su bolsa, que había colgado sobre la silla –me tengo que ir, que pasen buen día –abrió la puerta.
  • Pero… Yogui ¿por qué ha venido? ¿Solo hacernos una visita? –preguntó Aroa sorprendida –por nosotros encantados pero pensábamos, que tendría algo para darnos.
  • ¡Qué cabeza la mía! –exclamó dándose un golpe en la frente – ¡claro que tengo algo que darles! Tengo una carta para usted Aaron –rebusco algo en su bolso -¡oh malditos papeles! Tendría que dedicarme hacer una buena limpieza a mi bolsa, porque así no hay quien encuentre nada, pero es que me faltan horas en el día, nos tratan como esclavos, después llegar a casa, la limpieza, y cuidar de mi hermano Tom, que como mis padres trabajan –les explicaban sin preocuparse si era atendido o no –¿dónde estará tu carta? ¡Eureka, aquí esta! Aaron philips ¡sí, es esta! Aquí tienes –le entregó en mano.
  • ¿Quién me la envía? –preguntó extrañado, nunca recibía correspondencia a menos de propaganda, pero aquello parecía una carta de arriba abajo.
  • Pos no lo sé, no lo he mirado, y sinceramente no tengo tiempo de hacerlo, cada vez es mas tarde, ¡tengo que irme ya! Que pasen buen día ¡hasta la próxima! –exclamó saliendo de la casa, sin dar tiempo a sus ocupantes a contestar. Madre e hijo se quedaron mirando la puerta abierta que había dejado el cartero, notando como entraba frío a través de esta. Ambos se miraron encogiéndose de hombros sin poder evitar reírse.
  • Este Yogüi siempre corriendo –afirmó la superiora.
  • Hay cosas que nunca cambian –continuó el menor.
  • Y bien hijo ¿quién te envía esa carta? –cotilleo Aroa, asomando la cabeza por encima del hombro de su hijo, gracias a las puntas de sus pies.
  • Pues no lo sé… -dijo echando una ojeada a su propio nombre e dirección. Le dio la vuelta, una tal Vanesa Williams Harper, era su remitente.
  • Así que Vanesa ¿eh? –le dijo con picardía –que calladito te lo tenías… ¿Quién es esa chica? –le daba suaves codazos.
  • Pos… no tengo ni idea… Vanesa Williams Harper C/ Alamo s/n 2ndo D Madrid (España)… ¡España! –repitió Aaron con sus como platos.
  • ¿Cómo? ¿pero estás seguro de haberlo leído bien? –sus pupilas se le agrandaron enormemente confirmando las palabras escuchadas.
  • ¿A ti no te suena? Tú eres de España, te viniste para acá por ese hombre que me engendró, pero eso no fue hasta pasados tus veinticinco años, ¿no te viene a la mente alguien con este nombre?
  • No la verdad es que no me suena ese nombre y esos apellidos –dijo pensando –pero fíjate, viene a tu nombre, así que quien sea esta chica te busca a ti, y solo a ti –le entrego la carta con dulzura, posándola sobre el pecho de su hijo.
  • ¿Y qué querrá si nadie quiere nada conmigo? –pregunto algo atemorizado.
  • Si no la abres no lo sabrás –le susurro su madre dulcemente. Aaron pensó que su madre tenía razón, no podía vivir toda su vida con temor. Lentamente, ando directo a su habitación, en el que no tardó en cerrar la puerta.
La espalda del muchacho se encontraba empotrada en la puerta. Su corazón latía con fuerza. Tenía entre sus manos, la carta de una chica. La empezó abrir con temblor en ellas. Se detuvo a medio abrir notaba los latidos de su músculo en la garganta. Respiro profundamente tres veces seguidas, tenía que relajarse un poco. echó una ojeada a la carta medio abrir, siguiendo en la tarea. Se adueño del papel con sus manos bien temblorosas, cerró sus ojos con fuerza durante unos cuantos segundos leyendo las siguientes líneas después:

                                                                                                                                                                      
¡Hola!
Hace tanto que no se de ti, espero que estés bien, y no te haya molestado nada de lo que haya podido decirte. Me caes bien, me gustaría seguir hablando contigo. Sé que estamos lejos, una distancia más que considerada, pero ningún sitio es demasiado lejos para una amistad, o eso al menos pienso yo.
Sinceramente no se que mas decirte, solo desearte que estés bien, solo te escrito para eso, que a pesar de todo, quiero seguir hablando contigo.
¡Hasta pronto!
                                                                                                                                                                      

La puerta de la habitación se abrió tras oírse un toc, toc, toc.

  • ¿Se puede? –asomo la cabeza Aroa.
  • Sí claro mama –contestó Aron dando la vuelta a su propio cuerpo.
  • ¿Puedo saber cómo ha ido la carta? –le intrigo Aroa.
  • Claro que si, ahora te lo iba a decir.
  • Vaya parece que esa chica te ha confundido con otro, que por lo que se ve chateaban, pero que casualidad nombres y apellidos son idénticos al tuyo al igual que toda la dirección ¡escasas veces se ve algo así! O quien sabe quizás es una admiradora que te ha salido, que solo quiere hacerte más fácil la vida, ahora que parece que hayas vuelto a nacer.
  • ¿Yo con una admiradora? –pregunto marcando una carcajada –antes las vacas volaran, opto por la primera opción la chica se ha equivocado de persona, aunque como tú dices ¡es increíble que todo sea idéntico a nosotros! –exclamó con admiración -pero no sé, me sabe mal dejarla así, sin ninguna respuesta, la chica parece bastante apenada, espera una contestación.
  • Sí eso parece, porque no le escribes una carta, tienes su dirección ¿no? Mándasela seguro que aunque no seas la persona que espera le hará ilusión, y si eres tú, a quien sorprenderá e llenara de felicidad será a ti –dijo con la mirada de refilón.
  • ¿Como estas tan segura que le hará ilusión si no soy yo? –preguntó ignorando el último comentario de su madre.
  • No conozco para nada a esta chica para poner la mano en el fuego por ella, pero siempre se agradece una respuesta antes que el silencio, aunque no sea la que esperas.
  • Tienes razón mama, gracias, ahora mismo le escribiré –dijo Aron con pasión. Aroa salió de la habitación cerrando la puerta, pero antes de que se cerrara del todo le echó una última mirada a su hijo. Hacía tiempo que no le veía tan entusiasmado, eso la llenaba de tranquilidad y alegría. Sin pensárselo más se dirigió a continuar con sus que haceres.

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