sábado, 2 de abril de 2011

Robi; Capítulo 7

L
levaba días en casa, entre esas 4 paredes, que eran mi hogar. La realidad, es que no me apetecía salir, no me apetecía ser testigo de cómo me tenían pena, me trataban como a un bebe, no me apetecía encontrar un sinfín de barreras, que eran más comederos de cabeza para mi acompañante que para mí. No pude evitar en pensar como me había cambiado la vida en cuestión de horas, nunca llegue a pensar, que la vida podría dar un cambio tan radical de un día para otro, de estar bien, a estar muerto, a estar discapacitado, porque por mucho que los demás me dijeran lo contrario, yo sabía la realidad, y es que ya nada volvería a ser como antes, ya no era tan capacitado como antes.
A menudo, debía ir al hospital, a que me revisarán, la verdad no entendía el que, porque tenía piernas y pies, pero como si no existieran, lo mismo pasaba con mis órganos reproductores… ufff ¿qué había hecho mal para merecer ese sufrimiento? ¿Declararme a la chica que me gusta? ¿Eso estaba mal? ¿Por qué ella había desaparecido, sin dar más explicación? ¿es que yo tenía razón? ¿Era un inútil total? Por su comportamiento y desaparición, afirmaba que sí.
Era un día gris, llovía a cantaros, por la noche hubo tormenta, esa mañana había amanecido, lloviendo con fuerza. Nos despertó el teléfono, no eran más de las nueve de la mañana. Eran del centro médico donde me atendieron con el accidente, esa tarde ingresaría en un centro, especializado en lesiones como la mía, no eran de esos donde me curaban, más bien me ensañarían a convivir con ella, con mi discapacidad. No me hacía ninguna ilusión asistir, pero no me quedaba opción, no había elección. Me recogerían esa misma tarde, una furgoneta, vendría a por mí. Era lunes, pasaría allí la semana hasta el viernes, que me devolverían a casa, para pasar el fin de semana, el lunes vuelta a empezar…
El vehículo pito dos veces. Yo ya esperaba en mi silla sentado, nervioso, pero mi madre me superaba, no dejaba de ver imperfecciones en mi ropa, donde no las había. Nerviosos salimos a la calle. Una furgoneta nos esperaba, era grande y alargada, blanca. Sus puertas traseras estaban abiertas de par en par, cinco sillones predominaban, un gran espacio en la parte trasera, con unos engranajes en el suelo, me imaginé que servían para atar  la silla. Un chico con veinte pocos años, delgado, con pelo corto, bajo con gafas apareció.
-      Hola me llamo Joseph, tu Robi ¿verdad? –me señaló. No respondí solo afirme con un gesto de cabeza.
-      Aquí tiene su ropa –se apresuro a pasar mi maleta mi madre.
-      Gracias –se le veía un chico tímido, apenas dijo palabras de tanto abrochaba mi silla –puedes levantar los brazos por favor –me pidió con educación, en el que abrochó el cinturón a mi cuerpo –bien esto ya esta, despídete de tu hogar, que hasta el viernes no volverás –yo eche una mirada aquella casa, pero más a mi madre, que allí la tenía sufriendo como siempre, que me movía de su lado. La furgoneta empezó arrancar, yo, no deje de decirle adiós con la mano, hasta que la perdí de vista.
El trayecto era largo, con la música de la radio sintonizada. Joseph, quería hablarme, pero no le salían las palabras adecuadas, que no fuera la típica frase <<¿qué buen tiempo hace eh?>> Nos detuvimos varias veces, antes de llegar al centro, debíamos a recoger a mas chicos y chicas, en mi estado físico, algunos caminaban con dificultad, con la ayuda de bastones o caminadores, otros como yo, llevaban su silla de ruedas. Todos me miraban con ojos curiosos, y yo con la mente en blanco sin saber que decir. La furgoneta se detuvo, y personal de ese centro salió, algunos más jóvenes, otros más mayores, pero todos con su bata blanca. Al bajarme a mí, todos ellos me saludaron con simpatía y alegría. El centro era grande, grandísimo, nunca, imaginé que hubiera tantos discapacitados en este mundo. Sonia, una joven de pelo negro, liso y largo, delgada, no muy alta, me enseño el centro, con su bata blanca ¡era inmenso! Comedores, habitaciones, gimnasios, enfermerías, piscina… ¡había de todo! Sinceramente temía perderme por allí. Yo no podía evitar salir de mi propio asombro, el personal, iban de un lado para otro, pero apenas ayudaban a los chicos y chicas ¡ellos llevaban sus sillas por si mismos! No pude evitar envidiarles, ya que mi velocidad de la silla era bien lenta.
-      Tranquilo, aquí ya aprenderás, no te ayudan a nada si no es del todo necesario, cogerás fuerza en los brazos, y te valdrás por ti mismo –era un chico de pelo corto y rubio, delgado, su piel era bien clara, con gafas.
-      ¿Tú crees que podré ir tan rápido como tu? –no se me ocurrió una pregunta mejor.
-      Seguro que si, me llamo Nick –me ofreció su mano.
-      Yo Robi –me presente.
Realmente, cogimos confianza pronto, iniciemos una amistad, esa noche, en la cena, nos sentemos juntos, en compañía, de Tom; su pelo era negro, su cuerpo robusto, ojos marrones. Susi; pelo castaño, delgada, ojos marrones, era bastante pecosa, caminaba con bastones. Jim; también llevaba silla, una sonda le acompañaba, tenía una de sus piernas cortadas, hasta la rodilla, pero nunca perdía su sentido del humor. Su pelo era castaño –rubio, ojos marrones y un tanto robusto. Les envidié y desee tener esa fuerza de voluntad que ellos tenían, esa sonrisa, que a ellos, nunca se les borraba. Fue en ese momento, que decidí, dejar de victimizarme, de luchar por ser como cualquier otro, afrontar este reto con la cabeza bien alta.
Esa decisión que tomé fue la más acertada, porque tal como me dijeron mis nuevos amigos, allí, en ese centro, aprendería a fortalecer mis brazos, a valerme por mi mismo, sin necesidad de depender de nadie. Nos levantaban a las siete de la mañana, nos visteamos por nosotros mismos, no importaba lo que tardáramos, lo importante era que lo lográramos, debíamos pasar de la cama a la silla de la misma forma, con la fuerza de nuestros brazos, debíamos ir al baño, arreglarnos, y bajar a desayunar. Cada día teníamos un horario distinto, pero repleto de actividades. En ellas no faltaba el gimnasio, y las carreras de sillas, acabábamos el día con la ducha, la cena, de vuelta a la cama, con nuestro propio esfuerzo. De esta forma, fui consciente que Nick tenía razón, yo sentía una gran satisfacción en mi interior, el ver, que no era un inútil como pensaba, gracias a ese centro, a esa gente, estaba siendo independiente, aun con mi silla de ruedas, lo era ¡independiente!
Alegría me daba llegar a casa el fin de semana, y mostrar todos los progresos realizados, aunque no podía evitar desilusionarme, al ver que todo allí seguía igual, sobretodo mi Dina sin dar señales de vida. Sí sabía que en el centro, tenía unos amigos fantásticos ¿pero que había sido de Dina? ¿Qué quedaba de mi antigua vida?, eso no podía evitar entristecerme.
Era una mañana de sábado, el sol volvía brillar, las tormentas ya se habían alejado, el mes de octubre, anunciaban la llegada del otoño, esas temperaturas, ya habían empezado a bajar. Ya en el centro me habían dado el alta, según ellos, ya estaba preparado para la vida independiente, por mi parte, les daba la razón.
Sin aviso el timbre sonó, yo estaba en mi habitación, escuchando música, cuando escuche que mi madre me nombraba mi nombre ¡tenía una visita! ¿yo? ¿En mi casa? Quizás era alguno de mis compañeros del centro… en fin, si no iba, no lo sabría ¡no me lo podía creer! Me fregué los ojos varias veces ¡era Dina quien me esperaba en la puerta!

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